Castigo físico
En Colombia, los niños, niñas y adolescentes están expuestos a muchas formas de maltrato, pero lo más doloroso es que, en el propio hogar, se encuentren predispuestos a sufrirlo.
El seno familiar debería ser un oasis en el cual los niños, niñas y adolescentes encontraran un refugio en caso de necesitarlo, pero, en lugar de eso, en algunos casos se convierte en un lugar donde habitan los verdugos y, como consecuencia, desarrollan sentimientos de soledad, tristeza, abandono y una percepción negativa y amenazante de la vida y de la sociedad.
Se define “castigo físico” como la aplicación deliberada de dolor y daño corporal a una persona, aun en detrimento de su condición mental, con la intención de disciplinar para que cambie su conducta en una orientación.
Frases como “Una palmadita no se le niega a nadie”, “…se les debe pegar, pero sin rabia”, “A mí me pegaron y no me pasó nada”, “Todo lo que me pegaron y míreme, aquí estoy”, “La letra con sangre entra”, “Péguele para que aprenda, es por su bien”, “Yo soy el papá y puedo criarlo como quiera”, así como la creencia de que “cuanto más estrictos son los padres, mejores serán los niños”, son frecuentes y reflejan la violencia arraigada en nuestra cultura.
El desconocimiento de las consecuencias que acarrea el uso de castigo físico hace que dichas prácticas se perpetúen y sea más difícil convencer a los padres de no realizarlas.
Es común el uso de castigos físicos en la crianza de los hijos por considerar que, en su forma leve, el castigo físico es útil para enseñar al niño lo que significa “no” y para promover un mejor comportamiento, justificándose con el argumento de que se utiliza para protegerlo de un peligro mayor al que se pueda exponer, sin considerar los posibles efectos psicológicos negativos que este conlleva.
Los castigos que se imponen a los niños incluyen desde reprimendas verbales y desaprobación hasta aquellos que producen dolor físico. Este último puede variar desde una palmada o nalgada, golpes con elementos como correas o chancletas, rasguños, pellizcos, mordidas o quemaduras.
Hay evidencia de que el castigo físico se puede asociar años después a un riesgo elevado de presentar comportamientos violentos y psicopatología.
Las experiencias propias de los padres en su niñez, al haber sido objeto de castigo físico, pueden de alguna manera predecir el empleo de la misma conducta cuando se trate de la corrección de sus propios hijos; es decir, los modelos familiares de crianza se replican como consecuencia de no conocer otra manera de corregir, por tener creencias erróneas sobre la disciplina o por la imposibilidad de controlar su hostilidad.
Puede suceder que, cuando el castigo falla, aumente la intensidad de su uso, escalándose de esta manera el comportamiento violento.
Algunos creen que la agresión hace más fuertes a las personas que la sufren y las prepara mejor para la vida, pero sabemos que no solo no las hace más fuertes, sino más susceptibles a convertirse repetidamente en víctimas.
Entre los factores que contribuyen al uso de castigo físico por parte de los cuidadores o padres también se describe el estrés, debido a que se hacen menos tolerantes y perciben más “difíciles” a los menores.
Se debe entender que el castigo físico trae consigo consecuencias indeseables no solo para el menor que es sometido al mismo, sino para el cuidador primario (madre, tutor o encargado directo de crianza).
El cuidador también se ve afectado por la respuesta que no siempre es la que espera, y además se ve sujeto al juicio familiar, social e incluso a la propia percepción de la conducta asumida. Esto, sin mencionar las posibles consecuencias judiciales a las que se expone.
Castigar físicamente o humillar hace que el menor obedezca o cambie su actuar por temor, pero su conducta no es fruto de un reconocimiento de la falta ni es útil para integrar normas o valores. En últimas, este termina sin entender lo correcto o incorrecto de sus actos, ni las consecuencias de estos sobre los demás o sobre sí mismo.
El castigo físico trae consigo el desarrollo de sentimientos de temor, pérdida de la confianza y dificultad para controlar sus emociones. También puede llevar al menor a ocultar sus faltas por miedo.
Tampoco se aprende a cooperar con las figuras de autoridad: se aprende a someterse a las normas o a transgredirlas.
Con la premisa de que la violencia genera más violencia, pueden presentarse dificultades para la integración social, es decir, para hacer amigos o participar de juegos con otros niños.
Existen estudios de neuroimagen de los cerebros de niños maltratados que revelan afectaciones en la corteza prefrontal (Jorge Cuartas, investigador de la Universidad de Harvard), encargada de regular procesos cognitivos relacionados con la inteligencia, la memoria, el raciocinio, la capacidad de planear y la regulación emocional.
No quiere decir que todos los niños que hayan sufrido maltrato físico se vean afectados, pero sí que están en riesgo.
Los niños, niñas y adolescentes expuestos a maltrato físico tienen riesgos de afección en su desarrollo por la afectación de zonas relacionadas con el comportamiento, éxito académico y social, problemas de salud mental como depresión y ansiedad en la vida futura, dificultades para manejar sus emociones y tener un buen desarrollo social, así como dificultades para gestionar conflictos en su entorno social.
Esto se debe a que la violencia ha sido la herramienta utilizada para dar soluciones a los mismos desde su propio hogar, convirtiéndose en una conducta replicable. El castigo físico no permite que entiendan las razones por las cuales su comportamiento es inadecuado.
Los padres, madres, tutores y cuidadores (cuidadores primarios) deben hacer uso de la disciplina entendiendo que esta se fundamenta en establecer reglas claras en el hogar, con límites y consecuencias. Esta debe ser consistente y fundamentarse en la empatía para entender las razones del comportamiento, promoviendo el diálogo, así como desarrollando acuerdos que, de ninguna manera, pueden convertirse en sobornos o chantajes.
El castigo físico también produce efectos en los cuidadores primarios: pueden sufrir angustia, sentimientos de culpa aun cuando consideren correcta la violencia. También puede ocurrir que se vuelva repetitivo y cada vez más intenso, teniendo como consecuencia el deterioro de las relaciones familiares por pérdida de la comunicación.
Siendo una realidad la existencia del castigo físico en nuestra sociedad, se deben desarrollar, por parte del Estado, no solamente normas o leyes que castiguen a los infractores de las mismas, sino que se debe comenzar por dar apoyo de forma temprana a las familias, fortaleciendo programas que promuevan el cambio de normas sociales para educar a padres en crianza positiva, educándolos en habilidades de crianza y facilitando un desarrollo temprano adecuado, así como capacitar al personal de salud con el fin de que pueda detectar, prevenir e intervenir de forma adecuada a las familias tempranamente.
El trato digno debe ser una constante entre los humanos y no deben ser una excepción nuestros niños, niñas y adolescentes, y este comienza en casa.
2/8/2026
