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Pataletas

Pataletas. Niño llorando en pierna de padre

También conocidas como berrinches o rabietas. Si ocurren antes del año, usualmente se debe a que el menor no se puede comunicar o no entendemos lo que quiere expresar, ya que su lenguaje aún es limitado y es la única forma posible de expresar su frustración.

Generalmente, entre 1 y 3 años aparecen como desafío a la autoridad que le impone límites que rechaza. Es común que en esta época el menor inicie su deambulación y el mundo sea una inagotable fuente de descubrimiento; los adultos, al estar atentos del cuidado, van creando fronteras que en ocasiones el menor quiere rebasar y, al no poder hacerlo, surge frustración y la expresión de esta se da con gritos, manoteos, zapateos, manifestación de ira con gruñidos, empuñando las manos, conteniendo la respiración, etc.

En síntesis, son una manera de comunicación, pero con unas características inadecuadas; tanto que se ha estigmatizado la edad en que ellas aparecen y se habla de los “terrible twos” o “los terribles dos años”.

Hay que entender que las pataletas no son anormales y, sobre todo, que son transitorias y que, del abordaje que realicemos, dependerá el resultado que obtendremos al final de este periodo, criando un individuo más reflexivo, tolerante y maduro, que acepte explicaciones y descubra que existen límites para las cosas y maneras de comunicarse más adecuadas con las que se pueden obtener mejores resultados.

Debe existir una “sintonía” en crianza y, en esto, deben estar involucradas todas las figuras de autoridad que hacen parte del entorno del menor: padres, hermanos mayores, abuelos, maestros y cuidadores en general, quienes tienen que hablar el mismo idioma entre ellos, porque de no ser así se crea confusión en el menor y, sobre todo, va a permitir que saque partido de esto si detecta que hay ambigüedad de conceptos en los adultos que lo acompañan.

Si el menor descubre que existe una manera por medio de la cual obtiene lo que pretende, con seguridad la va a seguir empleando con el fin de conseguir lo que quiere.

La mejor manera de educar es con el ejemplo y, si los menores observan que los adultos presentan reacciones inadecuadas ante las frustraciones, lo más probable es que actúen de la misma manera. En conclusión: “Hay que practicar lo que se predica”.

Las pataletas pueden presentarse en cualquier lugar: en la casa, en el colegio, en el centro comercial, etc., o por cualquier motivo, pero la condición para que se presenten es que exista alguien susceptible de atenderlas; lo dicho, es una manera de comunicarse y, para que la comunicación exista, es condición que haya: “emisor – mensaje – receptor” con una “frecuencia” determinada, o mejor: “menor – motivo de pataleta – cuidador” y “forma de expresarlo”.

Es claro que al menor que hace pataletas no se le puede conceder lo que pretende por la forma en que lo está solicitando, aunque lo que pretenda sea algo razonable.

La presencia de las pataletas genera en los adultos que las presencian sentimientos que pueden variar, desde la indignación y vergüenza hasta la rabia, pero hay que tener claridad en que el adulto no puede estar a nivel del menor y es el responsable de abordar adecuadamente la situación, sin alzar la voz, gritar, castigar o actuar inadecuadamente; al contrario, el primer análisis que debe hacer es si el motivo de la pataleta es razonable o no, incluso debe tener la capacidad de reflexionar si el propio actuar es adecuado o no. Una vez hecho el análisis, se debe decidir la manera de abordar la pataleta, que puede variar desde el “tiempo fuera”, el diálogo inmediato de ser posible o aplazarlo de ser necesario.

Cuando la rabieta esté acompañada de agresión a otros o autoagresión, se debe alejar del grupo o de los sitios de peligro o retirar los elementos con los que se pueda lastimar; si, en cambio, lanza objetos, se le deben quitar, a la vez que se le explica lo inadecuado de hacerlo.

Después del abordaje agudo y cuando nuevamente el menor se encuentre calmado, se le debe hablar claramente, invitándolo a la reflexión de la situación, validando siempre sus sentimientos y realizando juicio del hecho, mas no de la persona; es decir, expresar lo inadecuado de haberse expresado como lo hizo, sin descalificar al menor haciendo juicios de valor (no decirle, por ejemplo, que es un “niño malcriado”, sino que “un niño como él no actúa de esa manera tan inadecuada”).

Los padres y cuidadores nos enfrentamos a gran cantidad de situaciones en el acompañamiento de la crianza de nuestros menores; generalmente, todas ellas tienen un objetivo de aprendizaje específico que participa en la construcción de la personalidad y aporta al menor formas de abordar problemas y resolverlos de la mejor manera para el futuro.

El propósito que debemos tener es que cada etapa del desarrollo que el menor supere fructifique en un individuo más reflexivo, crítico, razonable, socialmente competente, sano, feliz y que sepa que forma parte de una familia que lo valora y lo ama.


2/27/2026

Dr. Francisco Céspedes

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